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¿Quién fue Juana de Arco? [Parte 1]

¿Quién era realmente la Juana de Arco que murió en Ruán, abrasada en la hoguera, el 30 de mayo de 1431?   

La Juana real era una joven de baja estatura y cabello oscuro, que nació en Domrémy, localidad de la Lorena francesa, hija del campesino Jacques d´Arc y de su esposa, Isabel Romée.   

La propia Juana nunca se autodenominó d’Arc, sino Jeannette Romée, debido a la costumbre en la región de que las niñas tomaran el apellido materno. 

El misterio de las “voces” 

La pequeña Juana tuvo desde niña una fe desmedida y sus biógrafos coinciden en que a los 13 años experimentó la primera visión sagrada.   

Las “voces” que a partir de entonces escucharía asiduamente procedían de San Miguel, Santa Catalina y Santa Margarita, y la guiaron hasta su muerte para asegurarse de que cumplía la misión que Dios le había encomendado: levantar el sitio a la ciudad de Orleans y llevar al Delfín Carlos al trono de Francia.   

Pero, ¿qué relación existía entre una campesina analfabeta y el aspirante a la corona?

Esta epopeya no podría entenderse sin acercarnos al momento histórico en el que la heroína vino al mundo.   

Desde 1338, Francia se desangraba en una guerra contra Inglaterra por el dominio del territorio galo.

Muerto el último heredero francés en 1328, la corona francesa pasó a manos de los Valois. 

Guerra de los 100 años

Sin embargo, el monarca inglés Eduardo III no estuvo de acuerdo con que la línea hereditaria pasara a esta rama.

De ahí que invadiera el territorio francés en lo que se conocería como la Guerra de los Cien Años.

Cuando Juana recibió sus “voces”, la población francesa se encontraba dividida entre los borgoñones de Enrique VI —rey niño de Inglaterra—, y los armagnacs del pusilánime y débil Carlos, hijo de Carlos VI.   

La subida al trono se vio complicada, además, por las intrigas de Isabel de Baviera, esposa de Carlos VI, quien en el Tratado de Troyes tachó a su marido de loco e inhabilitó a su propio hijo, el Delfín Carlos, asegurando que en realidad era un bastardo sin derechos.

El Delfín vivía desde entonces exiliado de París en la localidad de Chinon.   

Solamente un milagro podía salvar a Francia de aquella sangría. Un milagro, y una antigua leyenda que mantenía viva la esperanza…   

La profecía 

En tiempos de Carlos VI, padre del Delfín, una misteriosa mujer llegó a la corte. Su nombre era María de Aviñón. Entonces, la curiosa dama profetizó que una mujer llevaría a la perdición a Francia y que una doncella procedente de la Lorena salvaría de nuevo el país.   

Carlos recordaba una y otra vez la esperanzadora leyenda adjudicando el papel de pérfida traidora a su madre, cuando a sus oídos llegó la noticia de que una virgen de Lorena decía tener un mensaje de Dios para él.   

A Juana, sin embargo, no le resultó sencillo que el Delfín la recibiera. Sus “voces” le habían comunicado que Robert Liebaut, señor de Baudricourt, enviaría una escolta para ella hasta Chinon.

Tenía 16 años cuando viajó hasta Vaucouleurs para pedirle audiencia. Y un inesperado incidente lograría que se la concedieran al fin.   

En una de las ocasiones en las que Juana trató de llegar a Carlos, las “voces” le advirtieron de la inminente derrota del Delfín en un nuevo intento de levantar el sitio de Orleans.

Así se lo explicó al señor de Baudricourt que, como era de esperar, la ignoró. Curiosamente, días después, un heraldo confirmó pérdida de la batalla justo el día en que Juana lo había anunciado.   

Conmovido, Liebaut envió a Juan de Metz y a Beltrán de Poulengy —dos de sus mejores hombres— a escoltar a Juana en su viaje hasta la corte de Chinon. Y aquellos dos feroces sanguinarios pronto se convertirían en leales seguidores de la adolescente. 

Un engaño milagroso 

La corte de Chinon era un hervidero de intrigas y traiciones. Los grandes consejeros del Delfín Carlos —Georges de Tremoille y el arzobispo de Reims— se opusieron desde el principio a que una “sucia campesina, que bien puede ser una asesina” hablara con Carlos en nombre de Dios.   

Con el paso del tiempo ambos serían decisivos a la hora de impedir que el Delfín actuara a favor de Juana durante su proceso. Pero la joven obtuvo audiencia.

Sin embargo, el Delfín había trazado un engañoso plan al poner su manto y sentar en su trono a otro caballero, mientras él se perdía entre el bullicio de las damas y los capitanes.   

Las puertas se abrieron. Juana avanzó entre un mar de miradas escépticas. Caminó hacia el falso Delfín, le miró fijamente y dijo: 

“¿Quién sois vos? ¿Dónde está el verdadero Delfín?” 

Un rumor de sorpresa estalló en la corte. Juana comenzó a recorrer la estancia observando los rostros de los caballeros, hasta que sus ojos se detuvieron en un joven de aspecto asustado. Se dirigió hacia él, levantó su mano y exclamó:

“¡Señor, el Dios de los Cielos me envía con un mensaje para vos!”.

El sorprendido caballero se estremeció y la llevó a sus aposentos para escuchar en privado el mensaje —ahora sí lo creía— de aquella enviada de Dios. 

Bajo sospecha 

Lo que Juana le comunicó podría haberla salvado de la muerte. Pero las actas del proceso del que, tres años después, sería víctima, recogen su obstinado silencio respecto a lo que en aquella estancia sucedió. Sin embargo, los cronistas han podido recuperar parte de aquella conversación.   

Sólo una semana antes, el Delfín había pedido a Dios una prueba de que él era el heredero legítimo al trono de Francia. Juana, recordándole sus oraciones, le comunicó que Dios aseguraba su legitimidad, y añadió que ella había sido enviada para levantar el sitio de Orleans y para hacerle rey.   

Temerosos de que aquella extraña muchacha les restara influencia sobre el Delfín, Tremoille y el arzobispo de Reims sugirieron a Carlos que Juana se sometiera ante un tribunal eclesiástico. Su decisión fue inapelable: Juana era, efectivamente, una perfecta cristiana.   

No contentos con este fallo, propusieron que la suegra del Delfín, Yolanda de Aragón, comprobara la hipotética virginidad de Juana, ya que —como era sabido— las mujeres que pactaban con el diablo lo hacían a través de contacto carnal. El himen intacto de Juana fue, de este modo, comprobado. Dos pruebas que serían ignoradas en el proceso final de Ruán. 

Misión sagrada 

Aseguran las crónicas que desde el momento en que el Delfín permitió que Juana partiera hacia Blois a reunirse con el ejército que levantaría el sitio de Orleans, la Doncella rasuró su cabello, se enfundó en una armadura y renunció para siempre al vestuario de mujer. Pero le faltaba aún un arma que empuñar en la batalla. Y Juana supo dónde encontrarla.   

A través de un sueño Santa Catalina le comunicó que una espada aguardaba, enterrada, tras el altar de la capilla erigida en su honor en Fierbois. Juan Pasquerel, dominico y confesor de Juana, acudió al lugar indicado por el sueño.   

Tras cavar junto con los frailes de la capilla, su pala chocó contra algo metálico: una espada herrumbrosa que yacía sepultada exactamente donde la “voz” había señalado. El prodigio, sin embargo, aún no había terminado.

El óxido, a medida que los frailes bruñían la misteriosa reliquia, se transformaba en un limpísimo acero, listo para emprender la batalla. 

El ejército de Dios 

Las crónicas aseguran que aquella mujer menuda consiguió de inmediato que los hombres la respetaran, que expulsaran del campamento a las prostitutas y que cuidaran su lenguaje. 

¿Un milagro o un incalculable poder de convicción?

Fuera como fuese, Juana trasladó a las tropas la idea de que el ejército de Dios no debía estar en pecado, porque: 

“Sólo así, Él nos conducirá hacia la victoria”. 

Una prueba más afianzaría la fe de aquellos hombres en su Doncella. Juana había acudido a Blois con la firme pretensión de levantar el sitio de Orleans, pero el Delfín se limitaba a proveer de víveres a los habitantes sitiados.

Cuando se percató de la verdad, entró en cólera. Los capitanes, entre ellos el controvertido Gilles de Rais, intentaron calmarla.   

La situación se complicó al impedir el viento el avance de las barcas con el avituallamiento. Pero Juana, de pronto, cerró los ojos y dijo: 

“No os preocupéis, mis voces me dicen que el viento va a cambiar”. 

En ese instante, el aire modificó su dirección y las barcas llegaron sin dificultad a Orleans. 

El silencio reinante en el ejército era una confirmación: aquella muchacha era la Doncella de la profecía. Y ella les llevaría a la victoria, con la ayuda de Dios. 

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